USURERO Y ALGO MÁS…(*) -10/02/2010

09/02/2010

“Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala

es el silencio de la gente buena” - Mahatma Gandhi.

 

La Historia Argentina (con mayúscula porque aprendimos en la Escuela que se escribe así cuando hablamos de una historia en particular), está teñida de sabias reflexiones, de personajes que hicieron grande a este país de los argentinos por sus actitudes, por sus dichos, por sus libros, por sus actos heroicos o sus convicciones patrióticas.

 

Hubieron otros personajes que figuraron solamente sin haber hecho nada bueno, tan sólo porque, alguna vez, dedicados a la vida pública, dejaron alguna frase o algún gesto de nobleza o de humildad.

 

Y también hubieron otros personajes que pasaron por la vida pública argentina, por ser simplemente irredentos asesinos, viles y miserables y que hoy, sin ponernos colorados de vergüenza, los recordamos (en esa misma Historia Argentina) con respeto y admiración poniéndoles sus nombres a calles, avenidas, plazas y otros lugares públicos como permitir manchar la impoluta presencia de la escuela, con sus nombres.

 

Pero, la controvertida Historia Argentina, también nos menciona a otros personajes que fueron realmente detestables, despreciables y que no terminamos de entender qué le vieron los historiadores para tan siquiera mencionarlos en alguna línea de nuestro pasado histórico.

 

Después de todos ellos, también existe la Historia Argentina paralela, aquella historia que no figura casi nunca (ni siquiera con una pequeña llamada al pie de ningún tema) en las grandes páginas del pasado que desearíamos contar ni a nuestros enemigos.

 

Hay muchos temas, hechos y personajes que no tienen trascendencia pública, masiva, y apenas la conocemos quienes fuimos, alguna vez, (cuando nadie imaginaba Internet y su magia), ratones de bibliotecas.  Tal el caso de un personaje, oscuro e intimidante.

 

Por estos días, el piquetero Luis D`Elìa, nos trajo a la memoria la historia de alguien a quien, el autor, tenía casi olvidado o muy guardado en el rincón más profundo de sus recuerdos.

 

Se trata de Karl Kirchner, abuelo paterno del ex presidente argentino Néstor Kirchner.

 

De él, podemos contar una anécdota que pintará de cuerpo entero a este triste personaje del sur argentino, a quien se lo rotula como prestamista, usurero, proxeneta, confidente y  zángano de la colmena social, entre otras cosas.(1) Y también nos permitirá conocer más de la personalidad de su nieto más popular.

 

Karl Kirchner recorría con frecuencia diversas zonas de la Patagonia, visitando las concentraciones indígenas de mapuches, quienes, inocentemente, lo recibían muy bien. Tenía un aspecto de seriedad y de altivez que los indios –siempre sumisos- admiraban y de alguna forma, temían.

 

Por su  parte, doña Juana Morales, cumplía 90 años. Había aprendido a leer imitando y lo que los niños del lugar le enseñaban y que venían aprendiendo en la escuela del lugar, ubicado entre 25 y 35 kilómetros de Aluminé.

 

La mujer, mostraba un hermoso rostro curtido por el cierzo helado y los vientos del sur y el Puelche, de aquellas regiones de la precordillera y de la Cordillera de los Andes misma. Su salud era de hierro. Todavía montaba a caballo recorriendo los valles y las quebradas, las pampas y los desfiladeros con la facilidad de un muchacho indio.

 

Doña Juana vivía, en sus años de joven muchacha india, en una toldería de la misma región en la que se crió, los campos de las Estancias “Quilachanquil” que allá por los años 70 adquiriera el joven Jorge Matarazzo, casado, uno de los hijos del fundador de la Fábrica de Fideos que lleva su nombre, y “La Vega”, de la familia Modarelli, radicada en Aluminé desde hacía decenas de años. Ambas Estancias sólo estaban separadas por el río Quilca, que desde su nacimiento en el Lago Aluminé descendía hacia el sur. En invierno, el agua de este río desaparecía, pero desde septiembre hacia enero (verano), traía una corriente embravecida, haciendo crecer el río a límites inimaginables, como todo río de montaña: mucha agua, una corriente rapidísima y una bravura que provocaría, luego, inundaciones bastantes dramáticas a los territorios linderos con el río en cuestión.

 

Contaba dona Juana Morales, entre pitada y pitada de toscano y una chupadita al mate bien caliente, que el “abuelo Kirchner” (así lo llamaban), solía visitarlos asiduamente, siempre hablándoles de que los indios debían ser dueños de la tierra en la que estaban por ser los primeros ocupantes.  Y que, además, nadie podía quitárselas, uno de los temas que desvelaban el sueño de los mapuches.

 

Narraba frecuentemente doña Juana, la oportunidad en que el “abuelo Kirchner” llegó a esos lugares, acompañado por un joven que portaba algunas carpetas a quien presentó como su secretario y varias personas más, entre ellas, dos o tres agentes de la policía de Neuquén.

 

El “abuelo Kirchner”, les mostraba una hoja de papel donde, presuntamente, decía que se le otorgaba la propiedad de todo el terreno a los indígenas que estaban ocupándola a los fines de preservar la integridad del territorio indio y para que nadie osase arrebatarles ese territorio nunca jamás.

 

Tan brillantes argumentaciones, emocionaban a los indios que no tardaban, al pedido del “abuelo”, de firmar algunos o de poner el dedo otros, porque, según decía “allí decía que, a partir de hoy”, ya eran propietarios de todo ese amplio territorio. Además, dejaba establecido con los indios, que el mes “que viene”, debían presentar el documento en la oficina del Comisionado de Frontera en Junín de los Andes, para legalizarlo.

 

Así lo hacían los mapuches, pero, -¡vaya sorpresa!-, cuando el empleado de la Oficina del Comisario de Frontera, éste se encargaba de decirles que ellos no eran dueños de nada, que lo que decía el papel era que “le habían vendido el territorio” al abuelo Kirchner. En síntesis, habían sido burlados por el “abuelo”.

 

Esta estrategia,  fue empleada por el “abuelo Kirchner” en varias oportunidades, y según dedujo el autor de esta nota, ocurrió lo mismo. Y centenares de cuadras quedaron en sus manos ante la sorpresa de los ingenuos hombres de la tierra.

 

Estas narraciones fueron corroboradas por los habitantes del lugar y nadie nunca las desmintió.

 

Era otra travesura del “abuelo” Kirchner, dispuesto a quedarse con todo, tal como lo está haciendo su dilecto nieto Néstor “el todo lo puede” Kirchner.

 

Por eso, quienes conocen esta anécdota siempre dicen que el “nieto” es tan ladino y sotreta como su dignísimo “abuelo”. Cuestión genética, nomás.

 

Quedaría por definir, a todos los epítetos de Osvaldo Bayer y los medios periodísticos de la actualidad que hablan de cómo hizo su dinero Kirchner, cómo se le llama a alguien que le arrebata su propiedad a los indígenas, con papeles que los indios, en su ignorancia, no podrían nunca ni siquiera leer.

 

 

(*) Jorge Cané

Director Periodístico de

RadioMercosur.com

jcane@radiomercosur.com

 

(1) Bayer también explicó que el abuelo de Kirchner facilitaba dinero a quien se lo pidiera en Río Gallegos a cambio de una devolución con suculento interés. «Tenía un restaurante con señoritas, ¿me entiende?», dijo el historiador para referirse en forma elegante al tipo de actividad a la que se dedicaba Kirchner abuelo y agregó:
«Además era prestamista o usurero, como se decía en aquella época». En los panfletos que la Sociedad Obrera de Río Gallegos repartía por entonces puede leerse hoy que ese sindicato llamaba al boicot contra Karl Kirchner y otros cinco comerciantes de renombre en la ciudad, a todos los cuales acusaban en el lenguaje propio de la época de «explotadores» y «zánganos de la colmena social».

Sigue diciendo Bayer: «Como mi padre también hablaba alemán se juntaban a charlar. Y un día el viejo Kirchner le pidió prestados 10.000 pesos (unos 24.000 euros de hoy en día). Era mucho dinero. Con eso se podía comprar una casa. Después nunca la devolvió, por eso fue la persona que más odió mi padre», asegura Bayer. La publicación de este pasado hizo que tanto Kirchner como su esposa, Cristina Fernández, trataran de cambiar la opinión de Bayer. «El presidente me invitó a la Casa Rosada,  me abrazó con fuerza y me dijo al oído: "No era mi abuelo sino mi hermano". Y yo lo miré como diciéndole: "Vamos, a tu familia la conozco bien"». «Y a ella le dije: el abuelo de tu marido era un atorrante (timador)».

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