LA CUESTIÓN DE LA INSEGURIDAD EN ARGENTINA

08/11/2009

Como si nuestra sociedad se viera avasallada por los hoplitas espartanos, o por las sangrientas huestes de Alejandro Magno, o por los hoplitas de las poleis griegas, huimos desesperadamente de la realidad de esta guerra maldita que estamos viviendo los argentinos.

 

Los protagonistas de esta lucha desigual, como en la Antigüedad griega, parece que han vuelto desde el fondo mismo de la historia de la humanidad, para aterrorizar a los ciudadanos, tratando de debilitar, cada día más, las impotentes columnas  que sostienen nuestra moral y nuestro esfuerzo por vivir más honradamente en medio de la paz y del trabajo.

  

El terreno ya está preparado. Abonado con la sangre diaria derramada innecesariamente, cada metro cuadrado del país parece ser el frío sepulcro de las ilusiones, de las esperanzas y de la vida de cada hombre, mujer o niño de la nación.

 

La ley escrita no tiene sentido, porque la realidad marca que todavía –pese a las discusiones sobre a qué edad comienzan a ser imputables los jóvenes-, se siguen desgranando palabras y más palabras,  discutiendo ideas vagas y hablando más de lo que  no debiera ser solamente retórica, porque no sirve cuando el pensamiento no está al servicio de la acción inmediata, precisa, definitiva, para que –del dicho al hecho- la distancia sea corta y la puesta en práctica de las soluciones sirva para eliminar con prontitud desde su propia raíz, la inseguridad protagonizada por jóvenes imberbes dedicados a desangrar a sus congéneres sin que se le mueva un pelo de vergüenza, de horror, de sentido común y de conmiseración por los otros.


En los últimos 15 años (o 20, si Ud. lo prefiere), nos hemos introducido en un agujero negro, donde reina la inseguridad, la desvergüenza, el desatino, la irrespetuosidad, la drogadicción, el alcoholismo, las violaciones, y un millar de delitos  más a cual más aberrante, que nos ahogan diariamente, sin que a nadie, con poder de decisión, se le ocurra pensar que los Derechos Humanos que tanto se pregonan también existen para los que mueren en manos de cientos de asesinos que caminan libremente por la calle.

 

Es sorprendente que, cuando se producen problemas en las cárceles, los primeros en llegar siempre sean los representantes de los derechos humanos porque pareciera ser que los únicos a los que le caben esos derechos es a los detenidos.  Pero más sorprendente es que, en todos los asesinatos de criaturas, mujeres violadas, hombres y mujeres  asesinados miserablemente en la calle por razones generalmente triviales, nunca se hayan presentado los que dicen representar a los derechos humanos para, por lo menos, solidarizarse con los deudos de los muertos. Esta es, sin dudar, una de las pruebas más concretas que nos hablan a las claras de cuál es la respuesta de las autoridades y de la propia sociedad, ante estos hechos fatales.

 

Cuanto más tiempo pasa, nos sumergimos más en una vorágine de locura de donde, por ahora, vislumbramos que quienes trabajamos y somos ciudadanos de ley, vamos perdiendo gracias a la ley, benevolente, complaciente, débil e inoperante, tal como lo es la Justicia y el poder del Estado.

 

Mientras no haya un cambio de rumbo, serio y posible, nos quedaremos solos en medio del mar  y a merced de los vientos, como el tripulante de “La Tormenta Perfecta”.


Jorge Cané

Director periodístico de Radio Mercosur.com

jcane@radiomercosur.com


 

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