Cuando se discuten las coyunturas políticas –que en Argentina han habido y en exceso-, siempre se habla de la clase política desde el punto de vista económico y financiero.
Se discute si alguien hizo más o menos obras, si hubo corrupción o no. Si hay devaluación, si existe inflación.
Las coyunturas son puntos de inflexión en los que, el país, pareciera quebrarse, pero no se quiebra.
Decenas de causales provocan las llamadas coyunturas. Pueden ser provocadas desde adentro o desde afuera.
Las coyunturas, siempre las coyunturas.
Sin embargo, hay un grupo de ciudadanos que viven en permanente coyuntura y nunca salen de ella, porque nadie los contempla, nadie los contiene, nadie los tiene en cuenta, nadie los considera.
Cuando se habla de ellos, generalmente se frunce el ceño en señal de incomodidad.
Porque hablar de nuestros aborígenes –que a ellos nos referimos- es como hablar del fruto prohibido de nuestra tierra.
Los países de América del Sur, no protegen debidamente, esa historia viviente de nuestros antepasados.
Ellos no son los orgullosos referentes de un pueblo que fue y cuyos últimos representantes directos están aún entre nosotros.
Los aborígenes sudamericanos son parias en su propia tierra, en el territorio que fue suyo alguna vez y que los europeos y los criollos le arrebataron con eso que llamaron civilización.
Pero los aborígenes sudamericanos, fueron despreciados, incluso, por quienes nacieron en el mismo territorio de aquellos, muchos descendientes de su misma raza, como si éstos hubieran sido de otra sangre, de otro linaje.
Decir indios, en general, es decir ignorantes, es decir gente vaga, gente sin futuro.
Decir indios es utilizar una terminología que identifica al bruto, al primitivo, a aquel que no tiene ni instrucción ni manifiesta la mínima cultura.
Lo que todos ignoramos es que hay centenares de descendientes de aborígenes, que son profesionales y de altísima calidad: médicos, ingenieros, abogados. Gente capaz, como cualquiera, de aportar sus capacidades y sus fuerzas en beneficio de la patria que otros crearon dentro de su tierra, sin permiso, con la única razón de las armas y con el único argumento de una cultura impuesta con las balas y el fusil.
España, la gran hacedora de la tragedia aborigen de América del Sur, impuso la ley extranjera a fuerza del asesinato, de la eliminación de la cultura original de este continente mediante la sangre derramada de los aborígenes, únicos dueños reales de estas tierras.
Es extremadamente complicado hacerle entender a un ciudadano de cualquier país, en la actualidad, que los indios no eran “retrasados ni ignorantes”; ellos tenían cultura, otra cultura; tenían conocimientos, otros conocimientos y tenían otra manera de vivir su vida.
¿Qué cultura quiso imponer Europa –particularmente españoles y portugueses- en los pueblos aborígenes de América? Una cultura sólo más avanzada pero forzada, porque, según su concepto, lo que no se entendía por las buenas, habría de conseguirlo por las malas.
¡Qué triste destino sería el nuestro, si para imponernos –por ejemplo- la computación, el manejo de la Web y el conocimiento de los últimos adelantos tecnológicos, hoy, los países dueños de estas tecnologías, vinieran con armas y balas a desangrar a nuestros pueblos tan sólo por pertenecer a civilizaciones diferentes!
Esto no sería aceptable hoy. Tampoco lo era en aquellos tiempos.
Pero hoy, nuestros pocos aborígenes vivos y sus descendientes, reciben, curiosamente, el mismo tratamiento por parte de nuestros propios habitantes. Los aborígenes viven en ranchos, en lugares apartados de nuestras localidades, están abandonados a su suerte y mal mirados por quienes viven en pueblos y ciudades, como si fueran una lacra social.
No fueron tenidos en cuenta ni respetados por España ni Portugal.
Tampoco son respetados, ni siquiera, por nuestros actuales funcionarios ni por una gran parte de nuestro propio pueblo, porque la mayoría de sus miembros, son descendientes de extranjeros, aquellos que escaparon de Europa, en su mayoría, a causa de los conflictos bélicos y otros que vinieron a “hacerse la América” por estas tierras.
Es hora de corregir nuestro concepto, nuestra filosofía y nuestras actitudes para con los aborígenes de cada país americano, y obliguémonos a permitirles aprovechar las mismas oportunidades que tienen todos los habitantes, tan necesarias para su desarrollo digno como reivindicación justa y humana.
Que se haga.
Jorge Cané
Director Periodístico
Radiomercosur.com
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