Cuando un país tiene valores y sus habitantes, pese a los avatares propios del cambio de los tiempos, los conservan y los protegen, podemos decir que es un país en serio.
Un país en serio es aquel que no se inclina reverente al que protege a sus gobernantes con ayudas económicas mientras el pueblo fenece, sino que utiliza esa ayuda material del dinero para crecer, para volcarlo en obras públicas útiles, en viviendas, en desagües, en mejorar su infraestructura general, en construir nuevos centros asistenciales y en decenas de obras públicas de alto interés que benefician a todos.
El Mercosur es un ejemplo de cómo los países no necesariamente ricos o geográficamente extensos crecen año tras año, en forma sostenida, mostrando que su capacidad de hacer no es contrapuesta a su capacidad de crear, mientras otros se dedican al contubernio político, a la ofensa permanente del opositor, a burlarse de la ley, dilapidando el dinero en mantener inocuos planes sociales que sólo fomentan la vagancia, el delito y la drogadicción y aportan público fácil para aplaudir a sus gobernantes por un sandwich y una Coca en actos públicos vacíos de contenido como las almas oscuras que los promueven.
Y esto que decimos lo hemos podido comprobar en los últimos días, con lo ocurrido en Chile, socio del Mercosur, con el rescate de 33 obreros mineros en la mina San José, en la Puna de Atacama, un lugar inhóspito, lejano de los centros más poblados del país y al que la distancia no le impidió acometer el hecho más formidable de todos los tiempos en el mundo. El rescate de los mineros de Chile, muestra que, hasta lo imposible, se puede lograr con voluntad, y cuando el gobierno y el pueblo, obviando todos el color político del gobernante, se unen en un acto de amor, de confianza y de solidaridad, cuando la política no interfiere, innecesariamente, la vida normal de todo un pueblo.
Mientras en otros países del Mercosur, algunos gobiernos priorizan la dádiva para los protegidos de siempre con planes sociales decadentes y promotores de la vagancia, consumiendo sus dineros en proteger los kioscos de cada puntero político, Chile dio el ejemplo que se puede crecer de todas las maneras posibles, aún en el sufrimiento, en el dolor, en el sacrificio y no abandonarse jamás.
Chile sufrió en el mes de marzo el tsunami y el terremoto más grave de que se tenga memoria. Su suelo tembló, fue arrasada su costa y las poblaciones que allí se asentaban, por la furia del océano y del viento, muchos chilenos murieron, grandes y chicos perdieron la vida, diezmando regiones casi enteras.
Hace 70 días, Chile debió soportar el derrumbe de una mina que aprisionó a 33 hombres humildes, trabajadores que con su peligrosa actividad mantenían sus familias y sus hogares. Y con una demostración de infinita humildad, demostrando una grandeza imposible de igualar, hizo lo que debía hacer un país inteligente. Consultó con los que sabían, pidió ayuda a los entendidos, se conectó con los más grandes países de la tierra para entender la situación y para aprender en tanto llegaban las ayudas. No perdió tiempo en requerir a los técnicos más importantes del mundo que fueran a ayudarlos a liberar a esos hombres de trabajo de la penosa situación en que habían caído. En ello puso a todos sus hombres sin hacer mención del color político, de piel o de status social. “Todos” estuvieron allí para ayudar.
Y con una perseverancia digna del mejor premio, Chile recuperó las tierras y los pueblos arrasados por el terremoto, y salvó a sus mineros prisioneros a 700 metros bajo tierra.
Y como el Ave Fénix, la mitológica, resurgió de sus angustias, de sus desgracias, y transformó sus dolores en alegrías, en amor, en múltiples gestos de solidaridad. Porque Chile sabe que, de no haberlo hecho de esta manera, entre el terremoto, el tsunami y el derrumbe imparable de la Mina San José, hoy no lloraría de alegría porque ha vuelto a la vida a sus trabajadores, sino que estaría solo y llorando a sus muertos arrumbado sobre los escombros del desastre.
Pero Chile, ha demostrado a todo el mundo, que el esfuerzo, la humildad, el amor a la patria, la solidaridad y el trabajo, todo lo puede.
Y Dios ayudó a este país. Lo transformó en hijo dilecto. Por lo que fueron siempre, por lo que son y por lo que será Chile a partir de ahora.
Es más, Dios instaló una oficina privilegiada en cada rincón de este hermoso, pero sufrido país.
Por eso no lo abandona.
Porque lo chilenos no se abandonaron a sí mismos.
Porque Chile es fruto de sus valores y de su propio esfuerzo.
El hombre de Chile es un ejemplo de amor a la Patria. Es digno, es trabajador, es un ser esforzado, que no espera que el gobierno le de un plancito social para vivir sin horizonte. Él toma las herramientas y sale a trabajar.
El hombre de Chile es un ser que día a día, por encima del menosprecio de muchos en otros privilegiados países del Mercosur, lucha por su país, por su familia, por su futuro.
Porque Chile es un país con futuro.
A pesar del terremoto y del derrumbe de la mina, Chile nunca cayó,
porque siempre estuvo de pie.
Jorge Cané
Director periodístico de radiomercosur.com
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