Ha terminado un ciclo, brillante, por cierto, en la vida política de Brasil, con un presidente que, por primera vez en la historia del país, se retira del cargo con el más alto porcentaje de aceptación pública de que se tenga memoria.
Brasil es un país que ha sufrido los ascensos y los descensos que viven, normalmente, los países de América. Momentos en los que los presidentes tuvieron breves etapas de gloria, cortos períodos de gran apoyo popular y largos períodos de decadencia que nos indican aumento de la desocupación, crecimiento de la pobreza, debilidad institucional y endeudamiento con el exterior en cifras astronómicas.
Brasil vino sufriendo estos períodos opacos, desde muchas décadas atrás, cuando otros países crecían. El crecimiento de un país se mide por su capacidad económica y financiera que no siempre se condice con la realidad. La Argentina es un caso de esos, en los que el crecimiento se produce, aunque lentamente, pero no se ve traducido en el bolsillo del ciudadano de a pié.
Decidido a terminar con esos tiempos de inestabilidad y zozobra, la nueva administración de Brasil, encabezada por Lula da Silva, decidió enarbolar las banderas del crecimiento económico y favorecer la creación del empleo.
Como dato ilustrativo, tengamos en cuenta los números que se manejaban en los distintos años del gobierno de Lula da Silva.
El año 2002 marcó el final de la dependencia de Brasil con el FMI. Ese año, el país había pedido a EEUU 15.500 millones de dólares a causa de la baja de las reservas del país. Quien por entonces era ministro de Hacienda carioca, Pedro Malán, fue el último de los funcionarios brasileños en recorrer las galerías y las oficinas del FMI. de las decenas de funcionarios de economía brasileños que pasaron por el Fondo pidiendo dinero en calidad de préstamo, en rogar por un crédito para subsistir decorosamente.
La Administración Lula, primer lugar, decidió pagar ese préstamo de 15,5 millones de dólares que vencían en 2006 y 2007. Y cumplió. El país ahorró con aquellas dos cancelaciones en tiempo y forma, 900 millones de dólares en intereses.
En 2006, también, recupera 20 mil millones
de dólares en títulos de deuda extranjera, incluida las de Plan Brady. Los
títulos fueron emitidos cuando Brasil decidió entrar en la moratoria de 1990.
Poco a poco. Lula fue corrigiendo el proceso de obtener reservas sin manifestar inflación y sin cargarle las culpas a los estamentos inferiores y medios de la población.
En 2003, Luiz Inacio Lula da Silva, había llegado al poder con grandes ideas y brillantes perspectivas para transformar al Brasil. Demostró claramente que pudo hacerlo. Era un ex obrero metalúrgico, que demostró que, aún sin estudios universitarios de economía, ni ostentando Masters, ni Licenciatura en Ciencias Sociales, ni ninguna otra de relevancia internacional, pudo hacer política de la mejor manera que un ciudadano puede hacerla para su país. La hizo aplicando buena política, sentido común, seriedad, inteligencia y mucho corazón. Y se rodeó de lo mejor que él consideró podían ponerle el hombro al crecimiento nacional.
Porque Lula fue un presidente humano. Luchó todos los días, trabajó incansablemente para su gente, terminó con el grueso de la pobreza, sintió sobre su piel el dolor de los desposeídos porque aprendió desde su pequeño Caetés, en Pernambuco, qué cosa era la pobreza y la necesidad. Qué era emigrar, casi sin destino fijo, hacia otro punto del país, en la búsqueda de un trabajo para vivir. Lo aprendió de su padre, de su madre y de su propia experiencia.
Puso todo lo que hay que poner, incluso puso lágrimas cuando le hablaba a su pueblo, cuando en un acto público su voz, grave y firme, se quebró porque le hablaba a sus iguales. Le puso a su trabajo esfuerzo, pero también le puso un aditamento que no todos los presidentes tuvieron: la humildad.
Tuvo la virtud de los que son honestos en la función pública, no como en otros países de América donde la corrupción campea por las oficinas de los entes oficiales y los delincuentes suelen ser “honorables” ciudadanos subvencionados con los impuestos que pagan los ingenuos contribuyentes.
Lula, para sintetizar, ha sido capaz, con su verbo, con sus actos, con sus obras, con su corazón, de volver a darle credibilidad a la función pública.
Lula dejó de ser presidente, pero no dejó de ser una mente rectora, un hombre sencillo pero con sentido común, un patriota, un hombre que ama a su pueblo.
¿Cómo podrán olvidarlo sus compatriotas, si fue el hombre que sembró la semilla del nuevo Brasil?
Jorge Cané - Director periodístico
Radiomercosur.com
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