19 de Febrero, 2019
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CUBA - EL DECRETO 349

Manuel Cofiño y el realismo socialista. Escritores como él son echados de menos por los comisarios que hoy buscan el modo de dominar definitivamente la cultura cubana con el Decreto 349

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LA HABANA, Cuba.- Aquel período que tan funestas consecuencias tuvo para la cultura cubana, que unos llaman el Quinquenio y otros el Decenio Gris, en realidad duró más de un decenio. Se considera que se inició en 1971, con el Congreso de Educación y Cultura, pero ya se veía venir desde los últimos años de la década del 60, y se prolongaría hasta bien entrados los 80.
 
Hace 50 años, en 1969, el otorgamiento del premio del Concurso 26 de Julio —que era auspiciado por la Dirección Política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias— al libro de cuentos Tiempo de cambio, de Manuel Cofiño, auguró la concreción al pie de la letra del “todo dentro de la revolución” formulado por Fidel Castro en las reuniones con los intelectuales en junio de 1971.
 
Los cuentos del libro premiado, inscritos en el más rancio realismo socialista, indicaban el estilo panfletario que deseaban imponer los comisarios, con su pretensión de “un arte comprometido y al servicio de la revolución”.
 
Los varios sistemas de escritura que pugnaban en el país, la experimentación formal, la literatura fantástica, se verían relegados en favor del realismo socialista. Quien no entraba por el carril era mirado con suspicacia, en el mejor de los casos. En el peor, los condenaban al ostracismo, o los enviaban a trabajar como traductores, a fábricas, acerías o como bibiotecarios. Poetas como Luis Rogelio Nogueras terminarían escribiendo novelitas policiales para concursos del MININT.
 
La imposición del realismo socialista provocó una aridez del panorama literario cubano de los 70, con tanto bodrio, que contrastaría con el esplendor—a pesar de los muchos nubarrones— de la década anterior, donde se produjeron obras como Paradiso, de Lezama, El siglo de las luces, de Carpentier, Presiones y diamantes, de Piñera, y aunque publicadas en el exterior y no hasta la fecha en Cuba, Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, De dónde son los cantantes, de Severo Sarduy, y Celestino antes del alba y El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas.
 
En medio de aquella estepa literaria de los años 70, los comisarios privilegiarían a autores como Manuel Cofiño, un ex-profesor y funcionario del Ministerio de Industrias, que se propuso ser el Mijaíl Sholojov cubano. No lo consiguió. En todo caso, se acercó al Sholojov de Campos roturados, aquel panfleto pro colectivización y koljoses estalinistas, y no al de El Don apacible.
 
Hoy uno lee los cuentos de Tiempo de cambio y se asombra de cuanto maniqueísmo y efectista manipulación melodramática era capaz Cofiño, con tanto cliché ridículo, y aquellos personajes estereotipados tan poco creíbles: sus héroes y mártires impolutos, los milicianos y alfabetizadores enfrentados a los alzados invariablemente malvados, los marginales que rehacían sus vidas al calor de la revolución, etc.
 
Contengamos las náuseas y repasemos algunos de aquellos cuentos.
 
En el primero, que le da título al libro, evocaba “los horrores del pasado pre-revolucionario” y los contrastaba con “el presente luminoso bajo la revolución”, cuando un hombre se encuentra, despachando helado en Coppelia —igual pudo haber sido una taxista de Las Violeteras—, a la prostituta que pretendía iniciarlo en el sexo mientras su bebé lloraba por hambre tras un tabique de cartón en su covacha. Uno se pregunta qué diría aquel hombre de las jineteras casi niñas que pululan hoy en Cuba tras los turistas extranjeros.
 
 
En “Los besos duermen en la piedra”, una mujer evoca a su amante, muerto en la lucha contra el régimen de Batista, junto a un busto erigido en memoria suya en un parque.
 
A otro parque habanero, donde antes de 1959 se hallaba un cuartel del Buró de Represión Anticomunista (BRAC), hacía referencia al cuento “Donde ahora crece un flamboyán”, que trata de un oficial de la policía del anterior régimen, torturador, que enloquece huyendo de las autoridades revolucionarias.
 
En “El milagro de la lluvia”, las cicatrices que le ocasionó a Claudia su amante contrarrevolucionario cuando huyó de Cuba, son besadas y acariciadas por su nuevo amor, un miliciano.
 
Los libros de cuentos Y un día el sol es juez y Un pedazo de mar y una ventana y las novelas de Cofiño que vinieron después (La última mujer y el próximo combate, a la que concedieron el Premio Casa de las Américas en 1971, y Cuando la sangre se parece al fuego), fueron la apoteosis del realismo socialista en su versión tropical-castrista.
 
Manuel Cofiño nunca abjuró del realismo socialista, por el contrario, fustigó a quienes se negaban a transitarlo. Entre ellos, a su amigo Enrique Serpa. A pesar de ser Serpa uno de los más importantes narradores del período pre revolucionario —se dice que su cuento “Aguja”, de 1934, sirvió de inspiración a Hemingway para El viejo y el mar—, y que sus crónicas aparecidas en Carteles, Bohemia y el periódico El Mundo están entre las mejores que se han escrito en Cuba, Cofiño, en el prólogo del libro Aletas de tiburón, publicado por la Colección Huracán en los años 70 (probablemente para anotarse unos puntos en la emulación entre intelectuales come-candela del castrismo), creyó pertinente lamentar que: “Serpa, condicionado por las características del quehacer del periodista en la época de la pseudo-república y entrampado en la estructura burguesa, no haya calado hondo en los problemas socioeconómicos y se limite a darnos imágenes periféricas, casi turísticas, aunque de indiscutible plasticidad”.
 
Algunos afirman que la oscuridad del Decenio Gris y los intentos por imponer el realismo socialista empezaron a atenuarse en la segunda mitad de la década del 70, con la creación del Ministerio de Cultura, presidido por Armando Hart. Pero resulta muy significativo que, en dicho ministerio, Cofiño ocupase el cargo de asesor de la Dirección Nacional de Literatura.
 
Manuel Cofiño moriría infartado, en 1987 a los 51 años, como consecuencia de los disgustos con los escritores díscolos y los comisarios de la UNEAC, que no dejaron de regañarlo y exigirle, a pesar de su disciplinada dedicación al realismo socialista.
 
Escritores como él son echados de menos por los comisarios que hoy buscan el modo de dominar definitivamente la cultura cubana con el decreto 349.
 
 
Fuente: CUBANET -Sgo. de Cuba
05-02-2019 - Por Luis Cino
luicino2012@gmail.com